La mansa
La mansa No sé por dónde empezar, porque se trata de algo muy difÃcil. En cuanto empieza uno a justificarse, surgen las dificultades. Vean ustedes: la juventud desprecia, por ejemplo, el dinero… Yo enseguida puse el acento en el dinero, insistà una y otra vez en esa cuestión. Y lo hice con tanto empecinamiento que ella se encerró cada vez más en el silencio. AbrÃa mucho los ojos, escuchaba, miraba y callaba. FÃjense ustedes, los jóvenes son magnánimos –me refiero a los jóvenes bondadosos–, magnánimos e impetuosos, pero poco tolerantes: en cuanto algo no les cuadra, ya están expresando su desprecio. Yo querÃa que tuviera amplitud de miras; querÃa que esa actitud prendiera en su corazón, que fuera carne de su carne, ¿me comprenden? Pongamos un ejemplo trivial: ¿cómo podÃa explicar a una persona asà que tuviera una casa de empeños? Naturalmente no me puse a hablar sin más de la cuestión, pues habrÃa parecido que le estaba pidiendo perdón por mi negocio, sino que procedà con orgullo, por decirlo asÃ, y casi no pronuncié palabra. Soy todo un maestro en eso de hablar sin decir apenas nada; he pasado toda mi vida expresándome de ese modo y he soportado verdaderas tragedias sin despegar los labios. ¡Ah, yo también he sido desgraciado! He sido rechazado por todos; sÃ, rechazado y olvidado, y nadie lo sabe. Y de pronto, esa muchacha de dieciséis años se enteró de ciertos detalles de mi vida por boca de unos miserables, y creÃa saberlo todo, cuando el verdadero secreto seguÃa guardado en el pecho de quien esto escribe. Yo callaba todo el tiempo, sobre todo cuando estaba con ella, y eso hasta el dÃa de ayer. ¿Por qué callaba? Porque soy un hombre orgulloso. QuerÃa que lo comprendiese por sà misma, sin que mediara mi ayuda, sin los comentarios de esos miserables. ¡QuerÃa que ella misma adivinara quién era yo y me comprendiera a fondo! Al llevarla a mi casa, querÃa que me tributara un respeto absoluto. QuerÃa que me rindiera pleitesÃa por mis sufrimientos, pues lo merecÃa. Ah, siempre he sido orgulloso, siempre he sido partidario del todo o nada. Precisamente porque no puedo aceptar una felicidad a medias y lo querÃa todo, precisamente por eso, me vi obligado a proceder de ese modo: «¡Descúbrelo tú misma y aprecia mi valÃa!». Porque convendrán conmigo en que, si me hubiera puesto a darle explicaciones y a dejar caer pistas, si me hubiera andado con rodeos y le hubiera suplicado respeto, habrÃa sido lo mismo que pedir limosna… Y sin embargo… Y sin embargo, ¡no sé a qué viene todo esto!