La mansa

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Yo quería, por ejemplo, celebrar una boda à l’anglaise, es decir, que estuviéramos solo nosotros, con dos testigos a lo sumo, de los cuales uno sería Lukeria, y luego coger enseguida un tren, aunque fuera para ir a Moscú (donde, por cierto, tenía que despachar un asunto) y pasar un par de semanas en un hotel. Pero ella se opuso, no lo permitió, y tuve que ir a presentar mis respetos a las tías, como parientes de cuyas manos la recibía. Cedí y tributé los debidos honores a las tías. Hasta regalé cien rublos a cada una y les prometí más, naturalmente sin decírselo a ella, para no disgustarla con tan sórdidos detalles. Al punto las tías se deshicieron en atenciones. Hubo una discusión a propósito de la dote: ella no tenía nada (y esta última palabra hay que entenderla en sentido casi literal), pero no quería nada tampoco. No obstante, conseguí convencerla de que no podía casarse sin nada, así que yo mismo me encargué de reunir la dote, pues ¿quién iba a hacerlo si no? Bueno, dejemos de hablar de mí. También conseguí entonces comunicarle alguna de mis ideas, para que al menos las conociera. Es posible que me precipitara. Lo importante es que, desde el principio, a pesar de sus esfuerzos por refrenarse, corría a mi encuentro con amor, me recibía con alegría, cuando yo llegaba por la tarde, me contaba balbuceando (¡ese encantador balbuceo de la inocencia!) toda su infancia y su adolescencia y me hablaba de la casa paterna y de sus padres. Pero yo me apresuré a echar un jarro de agua fría sobre su entusiasmo. En eso consistía mi plan. A sus arrebatos respondía con mi silencio, un silencio benévolo, naturalmente… pero en cualquier caso ella se dio cuenta enseguida de las diferencias que había entre nosotros y de que yo era un enigma. ¡Y eso era precisamente lo que pretendía! ¡Tal vez cometí toda esa estupidez con el único propósito de plantearle un enigma! Severidad ante todo… Así pues, cuando la llevé a mi casa, impuse un régimen de severidad. En suma, aunque estaba entonces muy contento, me creé todo un sistema. ¡Ah, surgió por sí solo, sin ningún esfuerzo por mi parte! Y no podía ser de otra manera: el curso de los acontecimientos me obligó a organizar ese sistema… Entonces, ¿por qué me acuso a mí mismo? Era un sistema de verdad. No, escuchen, cuando se juzga a un hombre, hay que hacerlo con conocimiento de causa… Escuchen.


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