La mansa
La mansa Ninguno. Los acontecimientos siguieron su propio curso desde el principio. Ya he dicho que al llevarla a mi casa instauré un régimen de severidad; sin embargo, lo suavicé inmediatamente. Ya antes de casarnos le había explicado que se encargaría de recibir los objetos empeñados y de entregar el dinero, y ella no había objetado nada (no se olviden de ese detalle). Además, se entregó a su tarea con entusiasmo. Naturalmente, la casa y el mobiliario siguieron como antes. La vivienda se componía de dos habitaciones: una sala grande, una parte de la cual estaba ocupada por el negocio, y otra, también grande, nuestra habitación, pieza común, en la que teníamos el dormitorio. Mis muebles eran bastante pobres; hasta las tías los tenían mejores. La urna de los iconos con la lamparilla se hallaba en la sala donde estaba el negocio; en mi habitación tenía un armario con varios libros y la arqueta, cuyas llaves llevo siempre conmigo; allí también estaba la cama, un par de mesas y unas sillas. Ya antes de casarnos le había dicho que para los gastos corrientes, es decir, para la manutención suya, mía y de Lukeria, a quien había tomado a nuestro servicio, había fijado la suma de un rublo diario, no más. «Necesito reunir treinta mil rublos en tres años –le dije–, y no hay otro modo de lograrlo.» Ella no opuso ninguna objeción, pero yo mismo aumenté la suma en treinta kópeks. Otro tanto sucedió con el teatro. Le había dicho durante nuestro noviazgo que no iríamos al teatro, pero luego decidí llevarla una vez al mes, y de una manera conveniente, reservando localidades en el patio de butacas. Fuimos juntos tres veces y vimos, si no recuerdo mal, La búsqueda de la felicidad y Las aves canoras. (¡Ah, al diablo con eso, qué puede importar!) Íbamos en silencio y en silencio regresábamos. ¿Por qué, por qué decidimos callar desde el principio? Pues desde el primer momento no hubo discusiones, sino silencio. Recuerdo que ella me miraba de soslayo, y yo, en cuanto me daba cuenta, me empecinaba aún más en mi silencio. A decir verdad, fui yo, no ella, quien se obstinó en callar. Hubo un par de arrebatos por su parte, en los que se arrojó en mis brazos; pero, como se trataba de arrebatos enfermizos, histéricos, y lo que yo necesitaba era una dicha firme y respeto por su parte, la acogí con frialdad. Y tenía razón: siempre que se producía uno de esos arrebatos, discutíamos al día siguiente.