La mansa
La mansa Bueno, en rigor no puede hablarse de discusiones, pero sà de silencio, y además su actitud era cada vez más insolente. «Rebelión e independencia», eso es lo que tenÃa en la cabeza, pero no sabÃa cómo actuar. SÃ, ese rostro manso iba adquiriendo una expresión cada vez más insolente. No me creerán, pero la verdad es que me fue cogiendo asco; estoy seguro. Y no cabe duda de que a veces se salÃa de sus casillas. Pero dÃganme, después de haber escapado de ese fango y de esa miseria, después de haber fregado tantos suelos, ¿cómo era posible que, de buenas a primeras, se pusiera a echar pestes de nuestra pobreza? Y miren ustedes: no se trataba de pobreza, sino de economÃa; cuando era necesario, nos permitÃamos algún lujo, por ejemplo en la ropa blanca o en el aseo. Yo siempre habÃa imaginado que a la mujer le gusta que su marido sea aseado. Sin embargo, ella no se quejaba de la pobreza, sino de mi pretendida cicaterÃa en el gobierno de la casa. «Tiene un fin –se decÃa probablemente–, quiere mostrar firmeza de carácter.» Ella misma renunció de pronto al teatro. Y cada vez se acentuaba más ese mohÃn de burla… mientras yo redoblaba mi silencio, redoblaba mi silencio…