La mansa
La mansa ¿Debería haber tratado de justificarme? Lo principal aquí era la casa de empeños. Déjenme que me explique: yo sabía que una mujer, y más aún de dieciséis años, no tiene más remedio que someterse por entero a su marido. Las mujeres carecen de originalidad; eso es un axioma; ¡incluso ahora es para mí un axioma! Poco importa que yazga encima de la mesa: la verdad es la verdad, y ni siquiera el propio Stuart Mill puede cambiarla. Pero la mujer amante… ¡Ah, la mujer amante adora incluso los vicios y los crímenes del ser amado! Él mismo no hallará nunca las justificaciones a sus fechorías que ella sabrá encontrar. Todo eso es magnánimo, pero no original. A las mujeres lo único que las pierde es su falta de originalidad. ¿Y qué puede importar, lo repito, que me señalen esa mesa de ahí? ¿Acaso es original que yazga sobre la mesa? ¡Ay!