La mansa

La mansa

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Escuchen: en aquel entonces yo estaba convencido de su amor. A veces hasta se me arrojaba al cuello. Eso significa que me quería o, mejor dicho, que deseaba quererme. Sí, así era: deseaba quererme, buscaba la manera de quererme. Pero lo principal es que no había fechorías de ningún tipo a las que hubiera que buscar justificación. Dirán ustedes: «Un prestamista»; todo el mundo lo dice. ¿Y qué pasa por que sea prestamista? Sus razones habrá para que el más generoso de los hombres se haya convertido en prestamista. Miren ustedes, ciertas ideas… Quiero decir que resulta bastante estúpido expresar ciertas ideas con palabras. Hasta el punto de que uno mismo siente vergüenza. ¿Y por qué? Por nada. Porque todos nosotros somos una basura y no soportamos la verdad; no se me ocurre otra razón. Acabo de decir «el más generoso de los hombres». Suena ridículo, pero así era en realidad. ¡Es la verdad, una verdad como un templo! Sí, tenía derecho entonces a tratar de asegurar mi futuro y a abrir esa casa de préstamos: «Vosotros, hombres, me habéis rechazado, me habéis expulsado con vuestro despectivo silencio. Al apasionado afán con que buscaba vuestra compañía habéis respondido con una ofensa que no olvidaré mientras viva. Por tanto, tenía derecho a levantar un muro entre vosotros y yo, a amasar esos treinta mil rublos y a acabar mis días en algún lugar de Crimea, en la costa meridional, entre montañas y viñedos, en mi propia hacienda, comprada con esos treinta mil rublos; y, sobre todo, lejos de todos vosotros, pero sin ningún rencor, con un ideal en el alma, en compañía de mi querida esposa y de mis hijos, si Dios tenía a bien concedérmelos, y ayudando a los campesinos de los alrededores». Naturalmente, está bien que yo mismo diga ahora esas cosas de mí, pero ¿podría haber cometido mayor estupidez que expresarlas entonces en voz alta? De ahí mi orgulloso silencio; de ahí que pasáramos el tiempo sin hablarnos. Pues ¿qué habría podido entender ella? Tenía dieciséis años, estaba en la primera juventud, ¿cómo iba a comprender mis justificaciones, mis sufrimientos? Había en ella mucha rigidez, desconocimiento de la vida, convicciones juveniles baratas, esa ceguera de las «almas bellas», pero ante todo estaba la casa de empeños, ¡y eso era más que suficiente! (Pero ¿acaso era un prestamista ladrón? ¿Es que no veía cómo me comportaba y que nunca pedía de más?) ¡Ah, qué terrible es la verdad en este mundo! ¡Esa criatura encantadora, sumisa, celestial, era un tirano, un tirano implacable de mi alma, un verdugo! ¡Me calumniaría a mí mismo si no lo dijera! ¿Creen ustedes que no la quería? ¿Quién puede decir que no la quería? ¿Es que no ven la ironía, la perversa ironía del destino y de la naturaleza? ¡Estamos malditos! ¡La vida de los hombres, en general, está maldita! (¡Y la mía en particular!) ¡Ahora me doy cuenta de que me equivoqué en algo! ¡Algo no salió como debía! Todo estaba claro, mi plan era tan claro como el cielo: «Severo, orgulloso, no necesita consuelo moral de nadie, sufre en silencio». Y así era en realidad, ¡no mentía, no mentía! «Con el tiempo ella misma descubrirá mi generosidad, por más que ahora no sepa verla; y el día que la descubra, la apreciará diez veces más y se pondrá de rodillas ante mí, juntando las manos en ardiente plegaria.» Ése era el plan. Pero debí olvidar o perder de vista algún detalle. Hubo algo que no supe hacer. Pero basta, basta. ¿Y a quién pedir perdón ahora? No se puede volver atrás en el tiempo. ¡Sé valiente, hombre, demuestra tu orgullo! ¡No fue culpa tuya!…


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker