La mansa

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5 LA MANSA SE REBELA

Las disputas empezaron cuando a ella, de pronto, se le ocurrió hacer los préstamos a su manera y tasar los objetos por encima de su valor; incluso un par de veces se atrevió a discutir el asunto conmigo. Yo le manifesté mi desacuerdo. Y fue entonces cuando apareció esa viuda de capitán.

Se presentó la anciana con un medallón, regalo de su difunto marido; bueno, ya se sabe, un recuerdo. Le di treinta rublos. Se puso a gemir y a implorar con voz lastimera que no lo vendiéramos; naturalmente, yo la tranquilicé. Resumiendo, a los cinco días volvió para cambiarlo por un brazalete que no valía ni ocho rublos; ni que decir tiene que me negué. Es probable que adivinara algo en los ojos de mi mujer, pues el caso es que volvió en mi ausencia, y que ella le cambió el medallón.

Al enterarme ese mismo día, le hablé con mansedumbre, pero en términos firmes y razonables. Estaba sentada en la cama, mirando el suelo, dando golpecitos en la alfombra con la punta del pie derecho (un gesto muy suyo); en sus labios se dibujaba una sonrisa maliciosa. Entonces, sin levantar lo más mínimo la voz, le aclaré con la mayor serenidad que ese dinero era mío, que tenía derecho a ver la vida con mis propios ojos y que, cuando la había invitado a entrar en mi casa, no le había ocultado nada.


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