La mansa
La mansa Fui a tomar el té. El samovar siempre se preparaba en la primera habitación y el té lo vertía ella misma. Me senté a la mesa en silencio y cogí el vaso que ella me tendía. Al cabo de unos cinco minutos la miré. Estaba terriblemente pálida, aún más pálida que la víspera, y tenía los ojos fijos en mí. De pronto… de pronto, al ver que la estaba mirando, esbozó una tenue sonrisa con sus pálidos labios y a sus ojos asomó una leve expresión inquisitiva. «Probablemente sigue albergando dudas y preguntándose: ¿lo sabe o no lo sabe? ¿Lo vio o no lo vio?» Aparté la mirada con indiferencia. Después de tomar el té, cerré el negocio, fui al mercado y compré una cama de hierro y un biombo. De vuelta en casa, mandé que pusieran la cama en la sala, con el biombo alrededor. La cama era para ella, pero no le dije ni una palabra. Y esa cama le dio a entender, sin que mediara otra explicación, que «lo había visto todo y lo sabía todo» y que no cabía ya ninguna duda. Por la noche dejé el revólver encima de la mesa, como siempre. Ella se acostó en silencio en su nueva cama: nuestro matrimonio estaba roto; «la había vencido, pero no la había perdonado». Esa noche fue presa del delirio y por la mañana tenía fiebre. Guardó cama seis semanas.