La mansa
La mansa Esta idea ejercía sobre mí un encanto irresistible. Añadiré otro detalle: a veces me sugestionaba de manera deliberada, por decirlo así, y llegaba a convencer a mi espíritu y mi razón de que estaba enfadado con ella. Tal estado se prolongaba algún tiempo. Pero ese odio no llegaba nunca a madurar y a arraigar en mi alma. Además, yo mismo me daba cuenta de que no era más que esa especie de juego. E incluso entonces, aunque hubiera roto la vida conyugal comprando la cama y el biombo, nunca pude considerar que fuera culpable. Y no porque juzgara a la ligera su ofensa, sino porque desde el primer día, antes incluso de comprar la cama, tenía el propósito de perdonarla completamente. En una palabra: eso era una rareza por mi parte, ya que soy muy severo en cuanto atañe a la moralidad. Al contrario, la veía tan derrotada, tan humillada, tan abrumada que a veces me inspiraba una profunda compasión, aunque, a pesar de todo, en ocasiones me complacía la idea de su humillación. Sí, me gustaba pensar en nuestra desigualdad…
A lo largo de aquel invierno tuve ocasión de ocuparme deliberadamente de algunas buenas obras. Perdoné dos deudas, presté dinero a una pobre mujer sin exigirle ninguna prenda. A mi esposa no le dije ni una palabra, ni había sido mi intención que se enterara; pero aquella mujer vino a darme las gracias casi de rodillas. Y de ese modo el asunto salió a la luz. Tuve la impresión de que acogió esa historia con agrado.