La mansa

La mansa

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Así pasó todo el invierno, en una especie de espera de algo. Me gustaba mirarla de soslayo, cuando estaba sentada a su mesita. Se dedicaba a sus ocupaciones, repasaba la ropa blanca, y por la tarde, a veces, leía libros que tomaba de mi armario. La elección de esos libros también hablaba en mi favor. No salía casi nunca de casa. Al atardecer, después de cenar, la sacaba todos los días a estirar las piernas; dábamos un pequeño paseo, pero no en completo silencio, como antes. Yo me esforzaba para que pareciera que no callábamos, para dar a mis comentarios una apariencia de conversación cordial, aunque, como ya he dicho, ninguno de los dos era muy locuaz. Por mi parte esa actitud era premeditada; en cuanto a ella, pensaba que había que «darle tiempo». Ciertamente es extraño que ni una sola vez, casi hasta el final del invierno, se me pasara por la cabeza que, mientras a mí me gustaba mirarla de soslayo, en todo ese tiempo no la sorprendiera nunca mirándome. Suponía que se debía a su timidez. Además, después de la enfermedad, tenía un aire tan apocado, tan temeroso, tan desamparado… Sí, es mejor esperar y «un buen día ella misma se acercara a ti»…





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