La mansa
La mansa En el teatro, durante un entreacto, salí al ambigú. Un húsar llamado A. entró de pronto y, delante de los oficiales y del público allí presente, empezó a contarles a otros dos húsares que el capitán Bezúmtsev, de nuestro regimiento, acababa de armar un escándalo en el pasillo y que «parecía borracho». La conversación no pasó de ahí; en cualquier caso se trataba de un error, porque el capitán Bezúmtsev no estaba borracho y, en realidad, el escándalo no había sido tal. Los húsares cambiaron de tema y ahí quedó la cosa, pero al día siguiente la anécdota se difundió por nuestro regimiento; enseguida empezó a comentarse que el único miembro de nuestra unidad que se encontraba en el ambigú era yo y que, cuando el húsar A. había hablado con insolencia del capitán Bezúmtsev, no me había acercado para reprenderle. Pero ¿a santo de qué iba yo a intervenir? Si le tenía ojeriza a Bezúmtsev era un asunto personal. ¿Por qué tenía yo que inmiscuirme? Sin embargo, nuestros oficiales consideraban que aquel asunto no era personal, sino que afectaba a todo el regimiento, y que, como yo era el único oficial de la unidad que estaba presente, había dado a entender a los oficiales y civiles que se hallaban en el ambigú que algunos oficiales de nuestro regimiento no se preocupaban mucho de su propio honor ni del de su unidad. Yo no podía compartir semejante apreciación. Me hicieron saber que aún podía arreglarlo todo, que, aunque era un poco tarde, todavía estaba a tiempo de exigir una explicación formal a A. Yo no quería y, como estaba irritado, me negué con altivez. Luego, sin más dilación, pedí el retiro: a eso se reducía toda la historia. Abandoné el ejército con la cabeza bien alta, pero con el ánimo quebrantado. Mi voluntad y mi razón flaquearon. A eso hay que añadir que, por aquel entonces, el marido de mi hermana acabó de dilapidar en Moscú nuestra modesta fortuna, incluida la ínfima parte que me correspondía, así que de pronto me encontré en la calle y sin un céntimo. Podría haber ingresado en el servicio civil, pero no lo hice: después de haber llevado tan brillante uniforme, no me veía trabajando en alguna oficina del ferrocarril. En resumidas cuentas: si tenía que afrontar la vergüenza, la infamia y la degradación, lo haría de verdad. Eso fue lo que elegí. Se sucedieron tres años de sombríos recuerdos, incluso ese episodio de la casa Viázemski. Hace año y medio murió en Moscú mi madrina, una anciana rica; para mi sorpresa, me había incluido entre sus herederos, dejándome tres mil rublos. Después de pensarlo un tiempo, decidí mi destino. Opté por abrir una casa de préstamos, sin pedir perdón a nadie: dinero, luego un lugar apartado y una nueva vida lejos de mis viejos recuerdos. Ése era mi plan. No obstante, mi sombrío pasado y mi reputación perdida para siempre me atormentaban cada día, cada hora. Fue entonces cuando me casé. ¿Fue nuestra unión fruto de la casualidad? No sabría decirlo. Pero cuando la conduje a mi casa, pensé que llevaba conmigo a un amigo, pues lo necesitaba de veras. Mas me daba perfecta cuenta de que a ese amigo tenía que prepararlo, pulirlo y hasta vencerlo. ¿Y cómo podía explicar de pronto todas esas cosas a esa muchacha de dieciséis años, con sus ideas preconcebidas? Por ejemplo, ¿cómo habría podido convencerla, sin la ayuda fortuita de ese terrible episodio del revólver, de que no era un cobarde y de que había sido injustamente acusado en el regimiento? Pero ese terrible episodio se produjo en el momento oportuno. Al soportar que me apuntara con el revólver, me vengué de todo mi sombrío pasado. Cierto que no lo sabía nadie, pero lo sabía ella, y yo no necesitaba nada más, porque ella lo era todo para mí, ¡toda la esperanza de ese futuro que entreveía en sueños! Era la única persona que concebía como compañera y no necesitaba ninguna otra, y he aquí que de pronto se había enterado. Se había enterado, al menos, de que había actuado injustamente al confabularse con mis enemigos. Esa idea me extasiaba. Yo ya no podía ser un canalla a sus ojos, sino a lo sumo un hombre raro, pero ese pensamiento, después de todo lo que había pasado, no me desagradaba tanto: la rareza no es vicio; al contrario, a veces las mujeres la encuentran atractiva. En suma, demoré el desenlace a propósito: lo que había sucedido bastaba con creces, por el momento, para mi serenidad y me proporcionaba abundantes imágenes y alimento para mis sueños. Eso es lo malo, que soy un soñador: tenía suficiente material para mis sueños; en cuanto a ella, pensaba que podía aguardar.