La mansa
La mansa Antes de continuar, debo decir dos palabras. Desde hacía un mes había notado que se había sumido en un extraño ensimismamiento; no era que guardara silencio, sino que estaba ensimismada. También de este detalle me di cuenta de repente. Estaba sentada a la mesa, con la cabeza inclinada sobre su labor, y no se daba cuenta de que la estaba mirando. De pronto me quedé sorprendido de que se hubiera vuelto tan delgada y endeble y de que tuviera la cara tan pálida y los labios tan exangües; todo eso, sumado a su ensimismamiento, me chocó de una manera extraordinaria. Ya antes había oído una tosecilla seca, sobre todo por la noche. Me levanté al momento y, sin decirle nada, fui a ver al doctor Schroeder para pedirle que pasara a verla.
Schroeder vino al día siguiente. Ella se quedó muy sorprendida y no hacía más que mirarnos.
–Pero ¡si ya estoy bien! –dijo con un atisbo de sonrisa.
