La mansa
La mansa ¡Y todo eso sucedió hace solo unos dÃas, hace solo cinco dÃas, el martes pasado! Ah, si hubiera dispuesto de algo más de tiempo, si ella hubiera esperado un poco, habrÃa disipado las tinieblas. ¿Acaso no habÃa recobrado la tranquilidad? Al dÃa siguiente me escuchaba ya con una sonrisa, a pesar de su confusión… A lo largo de ese tiempo, de esos cinco dÃas, se sintió dominada ante todo por la confusión o la vergüenza. También tenÃa miedo, mucho miedo. No voy a discutir, no voy a entrar en contradicciones como si estuviera loco: tenÃa miedo, y ¿cómo podÃa no tenerlo? HacÃa mucho tiempo que nos habÃamos convertido en extraños, que nos habÃamos alejado el uno del otro, y de pronto todo eso… Pero yo no me cuidaba de su miedo, enceguecido como estaba por la visión de esa nueva vida… Es cierto, es indudablemente cierto que cometà un error. Y puede que más de uno. Esa misma mañana, nada más despertarme (era miércoles), cometà un error: de pronto quise que fuera mi amiga. Actué con premura, con demasiada premura, pero esa confesión –¡en realidad se trataba de mucho más que de una confesión!– era necesaria, imprescindible. No le oculté siquiera lo que me habÃa ocultado a mà mismo a lo largo de toda mi vida. Le dije sin más que durante todo el invierno no habÃa dudado de su amor. Le aclaré que habÃa abierto esa casa de empeños en un momento de desfallecimiento de la voluntad y de la razón, que con esa idea personal habÃa buscado una suerte de autoflagelación y autoglorificación. Le expliqué que en aquella ocasión, en el ambigú, me habÃa comportado en verdad como un cobarde, llevado de mi carácter, de mi inseguridad. Me habÃa intimidado el ambiente, me habÃa intimidado el lugar, me habÃa intimidado el pensamiento de que, si intervenÃa, tal vez me pusiera en ridÃculo. No me habÃa dado miedo el duelo, sino la posibilidad de hacer el ridÃculo… Y más tarde no habÃa querido dar mi brazo a torcer, y de ese modo habÃa hecho sufrir a todo el mundo, y también a ella, y luego me habÃa casado con ella para atormentarla por ese motivo. La mayor parte del tiempo hablé como si fuera presa de un ataque de fiebre. Ella misma me cogÃa las manos y me rogaba que no siguiera: «Exagera usted… se atormenta a sà mismo». ¡Y de nuevo rompió a llorar y estuvo a punto de sufrir otra crisis! No dejaba de pedirme que no hablara más de esas cosas y las olvidara.
