La mansa

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3 LO COMPRENDO DEMASIADO BIEN

¡Y todo eso sucedió hace solo unos días, hace solo cinco días, el martes pasado! Ah, si hubiera dispuesto de algo más de tiempo, si ella hubiera esperado un poco, habría disipado las tinieblas. ¿Acaso no había recobrado la tranquilidad? Al día siguiente me escuchaba ya con una sonrisa, a pesar de su confusión… A lo largo de ese tiempo, de esos cinco días, se sintió dominada ante todo por la confusión o la vergüenza. También tenía miedo, mucho miedo. No voy a discutir, no voy a entrar en contradicciones como si estuviera loco: tenía miedo, y ¿cómo podía no tenerlo? Hacía mucho tiempo que nos habíamos convertido en extraños, que nos habíamos alejado el uno del otro, y de pronto todo eso… Pero yo no me cuidaba de su miedo, enceguecido como estaba por la visión de esa nueva vida… Es cierto, es indudablemente cierto que cometí un error. Y puede que más de uno. Esa misma mañana, nada más despertarme (era miércoles), cometí un error: de pronto quise que fuera mi amiga. Actué con premura, con demasiada premura, pero esa confesión –¡en realidad se trataba de mucho más que de una confesión!– era necesaria, imprescindible. No le oculté siquiera lo que me había ocultado a mí mismo a lo largo de toda mi vida. Le dije sin más que durante todo el invierno no había dudado de su amor. Le aclaré que había abierto esa casa de empeños en un momento de desfallecimiento de la voluntad y de la razón, que con esa idea personal había buscado una suerte de autoflagelación y autoglorificación. Le expliqué que en aquella ocasión, en el ambigú, me había comportado en verdad como un cobarde, llevado de mi carácter, de mi inseguridad. Me había intimidado el ambiente, me había intimidado el lugar, me había intimidado el pensamiento de que, si intervenía, tal vez me pusiera en ridículo. No me había dado miedo el duelo, sino la posibilidad de hacer el ridículo… Y más tarde no había querido dar mi brazo a torcer, y de ese modo había hecho sufrir a todo el mundo, y también a ella, y luego me había casado con ella para atormentarla por ese motivo. La mayor parte del tiempo hablé como si fuera presa de un ataque de fiebre. Ella misma me cogía las manos y me rogaba que no siguiera: «Exagera usted… se atormenta a sí mismo». ¡Y de nuevo rompió a llorar y estuvo a punto de sufrir otra crisis! No dejaba de pedirme que no hablara más de esas cosas y las olvidara.


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