La mansa
La mansa ¿No tengo razón? ¿Es eso verosímil? ¿Se puede considerar posible? ¿Por qué motivo murió esa mujer?
Ah, créanme, lo comprendo; pero sigo preguntándome por qué motivo murió. ¿Se asustó de mi amor, se planteó seriamente si debía o no aceptarlo e, incapaz de afrontar esa cuestión, prefirió morir? Ya sé que es absurdo devanarse los sesos: había hecho demasiadas promesas y tenía miedo de no poder cumplirlas; está claro. Pero hay algunas circunstancias verdaderamente terribles.
¿Por qué motivo murió? La pregunta sigue ahí, martilleando mi cerebro. Podría haber dejado las cosas así, si es lo que ella deseaba. Pero ¡ella no creía que eso fuera posible! No, no, estoy mintiendo, no es eso. Se trata simplemente de que tenía que ser honrada conmigo: tenía que amarme con toda el alma, no como habría amado a un comerciante. Y, como era demasiado casta y demasiado pura para aceptar la clase de amor que habría satisfecho a un comerciante, no quiso engañarme. No quiso engañarme con un amor a medias o una cuarta parte de amor vestido de amor verdadero. ¡Era muy honrada, señores! Yo quise entonces inculcarle amplitud de miras, ¿recuerdan? ¡Qué idea tan extraña!
