Los demonios

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Capítulo VI. Noche de afanes

I

A lo largo del día Virguinski había empleado dos horas yendo de acá para allá, buscando a todos los nuestros para comunicarles que, con seguridad, Shátov no iba a delatarlos, porque su mujer había vuelto y acababa de dar a luz a una criatura y, «conociendo el corazón humano», era inconcebible que pudiera ser un peligro en esos momentos. Pero, para su turbación, prácticamente no encontró a nadie en casa, a excepción de Erkel y Liamshin. Erkel le escuchó en silencio y, cuando le preguntó si pensaba acudir a la cita de las seis, contestó con la más luminosa de las sonrisas: «Desde luego que sí».

Liamshin estaba en cama, gravemente enfermo, al parecer, con la cabeza envuelta en una manta. Se sobresaltó al ver entrar a Virguinski y, en cuanto éste empezó a hablar, agitó de pronto las manos bajo la manta, suplicándole que lo dejara en paz. No obstante, escuchó todo lo que le dijo de Shátov y, por alguna razón, se sorprendió enormemente con la noticia de que no había encontrado a nadie en casa. Además, resultó que ya estaba enterado, por Liputin, de la muerte de Fedka, y él mismo se lo contó de forma apresurada y confusa a Virguinski, el cual, a su vez, se quedó atónito. A la pregunta directa de Virguinski sobre si debían ir o no, empezó otra vez a rogarle, entre aspavientos, que «lo dejara en paz, que él estaba al margen y que no sabía nada del asunto».


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