Los demonios

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El capitán se inclinó, dio un par de pasos en dirección a la puerta, se detuvo de pronto, se llevó la mano al corazón, quiso decir algo, no lo dijo y salió a toda prisa. Sin embargo, en la puerta se tropezó con Nikolái Vsévolodovich; éste se hizo a un lado; el capitán se encogió y se quedó paralizado en el sitio, sin apartar los ojos de él, como un conejo frente a una boa. Tras esperar unos segundos, Nikolái Vsévolodovich lo apartó suavemente con la mano y entró en la sala.

VII

Estaba alegre y tranquilo. Tal vez le había sucedido algo estupendo, algo de lo que no nos habíamos enterado todavía, pero, en cualquier caso, parecía especialmente satisfecho.

—¿Me perdonas, Nicolas? —Varvara Petrovna no pudo contenerse y fue rápidamente a su encuentro.

Pero Nicolas se rió abiertamente.

—¡Lo que pensaba! —exclamó de buen humor, en tono de broma—. Veo que ya está al corriente de todo. Cuando me marché de aquí, iba pensando en el coche que debería haberle contado la historia, en vez de salir de ese modo. Pero recordé que aquí se quedaba Piotr Stepánovich, y me despreocupé.

Mientras hablaba, echó un vistazo rápido a su alrededor.


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