Los demonios

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De los dos, el primero que bajó los ojos fue Shátov, evidentemente porque no tuvo más remedio que bajarlos. A continuación se volvió despacio y abandonó la sala, aunque desde luego no con el mismo paso de hacía un momento. Se retiró en silencio, con la espalda encorvada y cabizbajo, como dándole vueltas a algo. Parecía que iba murmurando. Llegó hasta la puerta con cautela, sin tropezar ni chocarse con nada; se limitó a entreabrirla, así que tuvo que pasar casi de lado por el hueco. Mientras estaba pasando, se le notaba más que nunca el remolino de pelo del cogote.

Entonces, antes de que todo el mundo se pusiera a dar voces, se oyó un grito aterrador. Pude ver a Lizaveta Nikoláievna agarrando a su madre de un hombro y a Mavriki Nikoláievich del brazo, tirando de ellos dos o tres veces con intención de sacarlos de la sala, pero de pronto soltó un grito y se desplomó, desmayada, en el suelo. Todavía me parece estar oyendo el golpe de la nuca en la alfombra.






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