Los demonios
Los demonios —Y a ti ¿quién te dijo que iba a pasar de noche por este puente?
—Pues eso, la verdad, fue por casualidad, más que nada por una estupidez del capitán Lebiadkin, que es incapaz de tener la boca cerrada… De modo que, si el señor es tan amable, esos tres rublos vendrÃan a pagar estos tres dÃas y estas tres noches de aburrimiento. Y, en cuanto a la ropa empapada, me duele en el alma, pero mejor me callo.
—Yo voy por la izquierda, tú por la derecha; y aquà termina el puente. Escúchame, Fiódor, no me gusta tener que repetir las cosas: no voy a darte ni un kopek, y en lo sucesivo no quiero que me salgas al encuentro, ni en el puente ni en ninguna otra parte; no te necesito ni te voy a necesitar y, si no me haces caso, te llevo atado a la policÃa. ¡Largo!
—Pues sà que… Al menos deme algo por la compañÃa, le he alegrado el camino.
—¡Andando!
—Pero ¿conoce bien el camino, señor? Esto está lleno de callejuelas… Yo puedo guiarlo, porque esta parte de la ciudad es un lÃo de mil pares de demonios.
—¡Que te llevo atado! —se volvió hacia él, amenazante, Nikolái Vsévolodovich.
—Piénseselo mejor, señor; es muy fácil maltratar a un pobre infeliz.
—Pues ¡se te ve muy seguro de ti mismo!