Los demonios
Los demonios La habitación de Maria Timoféievna era el doble de grande que la que ocupaba el capitán, y había en ella la misma clase de muebles toscos. Con todo, enfrente del sofá, en una mesa engalanada con un bonito mantel de flores, ardía una lámpara; una preciosa alfombra cubría enteramente el suelo; una larga cortina verde, que iba de pared a pared, aislaba la cama del resto de la estancia; y había además un mullido sillón, bastante grande, en el que, sin embargo, no solía sentarse Maria Timoféievna. Como en su anterior vivienda, en un rincón colgaba un icono, delante del cual lucía una lamparilla, y encima de la mesa estaban desparramadas sus pertenencias más indispensables: la baraja de cartas, el espejito, el libro de canciones y hasta un panecillo. Además, había un par de libros con ilustraciones en color; uno de ellos era un extracto de un popular libro de viajes, adaptado para uso de adolescentes; el otro, una colección de cuentos edificantes ligeros, en su mayoría de caballeros andantes, pensado como regalo navideño o lectura escolar. También había un álbum con fotografías variadas. Era evidente que, como había anunciado el capitán, Maria Timoféievna esperaba la visita; pero, cuando Nikolái Vsévolodovich entró en su cuarto, dormía recostada en el sofá, con la cabeza reclinada en un cojín de estameña. Sin hacer ruido, el visitante cerró la puerta y, sin moverse, se quedó contemplando a la durmiente.