Los demonios

Los demonios

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Los invitados reunidos para la ocasión en casa de los Virguinski (casi todos varones) tenían un aspecto despreocupado y poco común. No se servían entremeses ni se jugaba a las cartas. En medio de una amplia sala, de paredes tapizadas con un papel azul extremadamente viejo, habían juntado dos mesas y las habían cubierto con un mantel grande, aunque no del todo limpio, y en ellas hervían dos samovares. Un extremo de la mesa lo ocupaba una enorme bandeja con veinticinco vasos y una cesta con el habitual pan blanco francés, cortado en numerosas rebanadas, como en los pensionados para escolares nobles, lo mismo masculinos que femeninos. El té lo servía una hermana de la anfitriona, soltera, de unos treinta años, persona taciturna y maliciosa, sin cejas y de pelo muy rubio, que profesaba las nuevas ideas y a quien el propio Virguinski, en su vida doméstica, tenía pánico. En la sala solo había tres mujeres: el ama de casa, su hermana —la que no tenía cejas— y una hermana de Virguinski, una jovencita recién llegada de San Petersburgo. La anfitriona, Arina Prójorovna, una mujer aparente de veintisiete años, guapa aunque un tanto desaliñada, con un vestido de diario de lana verduzca, estaba sentada y recorría descaradamente con la vista a los invitados, como si tuviera prisa por decir con la mirada: «Como ven, no me arredro ante nada». La joven Virguínskaia, también bastante agradable, estudiante y nihilista, rellenita y redonda como una pelota, con las mejillas muy coloradas y bajita, se había instalado junto a Arina Prójorovna, prácticamente con la misma ropa que traía del viaje; tenía una especie de legajo de papeles en la mano y miraba a los visitantes con unos ojos que saltaban inquietos. En cuanto al propio Virguinski, no se encontraba demasiado bien esa noche, pero hizo su aparición y se sentó en un sillón junto a una mesita de té. También los invitados estaban sentados, y la forma tan métodica en que habían dispuesto las sillas alrededor de la mesa hacía pensar en la celebración de una asamblea. Era evidente que todos estaban esperando algo, y entretanto tenían conversaciones ruidosas pero intrascendentes. Cuando llegaron Stavroguin y Verjovenski, todo el mundo se calló de pronto.


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