Los demonios
Los demonios Supongo que todos aquellos señores se habían congregado allí con la agradable perspectiva de oír algo de especial interés, y que habían sido avisados de antemano. Eran la flor y nata del liberalismo del rojo más intenso que había en nuestra vetusta ciudad y habían sido escogidos con esmero por Virguinski para aquella «sesión». Señalaré de paso que algunos de ellos —muy pocos, en realidad— nunca habían estado en la casa. Desde luego, la mayoría de los invitados no tenían una clara noción de para qué habían sido convocados. El caso es que todos ellos creían entonces que Piotr Stepánovich era un emisario venido del extranjero, investido de plenos poderes; esta idea arraigó enseguida entre ellos y, como es natural, les resultaba halagadora. No obstante, entre aquel puñado de ciudadanos reunidos con el pretexto de celebrar una onomástica también había unos cuantos a los que les habían hecho propuestas concretas. Piotr Stepánovich había conseguido formar en nuestra ciudad un «quinteto», a semejanza del que ya estaba instaurado en Moscú e igualmente, por lo que luego se ha visto, entre oficiales del ejército de nuestro distrito. Dicen que además había formado otro en la provincia de J. Este quinteto de elegidos se sentaba en aquellos momentos a la mesa común, y sus miembros habían conseguido, muy hábilmente, aparecer como gente corriente, y nadie podía identificarlos. El primero de ellos —ahora ya no es ningún secreto— era Liputin, después estaban el propio Virguinski, el orejudo Shigaliov (que era hermano de madame Virguínskaia), Liamshin y, por último, un tal Tolkachenko, un tipo raro que pasaba ya de los cuarenta años, célebre por su exhaustivo conocimiento del pueblo, en particular de los granujas y ladrones; era muy dado a frecuentar las tabernas (y no solo para estudiar al pueblo)[235], y hacía ostentación entre nosotros de su traje raído, sus botas engrasadas, sus pícaros guiños y el gracejo de sus dichos populares. Dos o tres veces Liamshin lo había llevado a las veladas en casa de Stepán Trofímovich, donde, por cierto, no había causado una gran impresión. Aparecía por la ciudad muy de tarde en tarde, principalmente cuando no tenía trabajo, y estaba empleado en el ferrocarril. Todos y cada uno de estos cinco activistas habían entrado a formar parte de ese primer grupo con la firme convicción de que no era más que uno entre los centenares y millares de quintetos análogos diseminados por toda Rusia, y de que todos ellos dependían de un vasto, aunque clandestino, núcleo central, el cual, a su vez, estaba vinculado orgánicamente con la revolución general europea. Pero lamento admitir que ya por entonces empezaban a surgir desavenencias entre ellos. El problema era que, aunque ya desde la primavera venían aguardando la visita de Piotr Verjovenski —visita que había sido anunciada en primera instancia por Tolkachenko, y confirmada después por Shigaliov, recién llegado a la ciudad—, aunque esperaban de él extraordinarios prodigios, y aunque todos ellos habían ingresado en el círculo atendiendo a una primera invitación, sin plantear ningún reparo, en cuanto se constituyó el quinteto todos sus miembros se sintieron en alguna medida defraudados, y eso se había debido, en mi opinión, a la inmediatez misma con que habían dado su consentimiento. Habían entrado en el grupo, desde luego, movidos por un magnánimo sentimiento de vergüenza, para que nadie dijera más tarde que no se habían atrevido a dar ese paso; en cualquier caso, Piotr Stepánovich tendría que haber sabido valorar su noble hazaña y haberlos premiado, cuando menos, con alguna confidencia de primer orden. Pero Verjovenski no tenía ninguna intención de satisfacer su legítima curiosidad y no les contó nada que no fuera estrictamente indispensable; en general, los trató con un llamativo rigor y hasta con displicencia. Esto los irritó visiblemente, y Shigaliov, uno de los miembros, ya empezaba a incitar a los otros a que «pidieran explicaciones», aunque, naturalmente, no en esos momentos, en casa de Virguinski, donde se habían dado cita tantos extraños.