Los demonios

Los demonios

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Diré, de entrada, que Stepán Trofímovich había desempeñado siempre entre nosotros un papel singular, de carácter cívico, por así decir, y amaba con pasión ese papel; lo amaba hasta tal punto que me atrevería a decir que era incapaz de vivir sin él. No es que pretenda yo compararlo con un actor de teatro: Dios me libre, y más teniendo en cuenta lo mucho que lo respeto. Todo eso podía ser consecuencia de su costumbre o, mejor dicho, de su continua y noble inclinación, ya desde niño, a recrearse en sus sueños de ocupar una posición llamativa en la sociedad. Le fascinaba, por ejemplo, su condición de «perseguido» y, digámoslo así, de «desterrado». En estas dos palabras había una suerte de brillo clásico, que lo había deslumbrado de una vez y para siempre, y que, elevándolo gradualmente, a lo largo de los años, en la opinión que tenía de sí mismo, acabó situándolo en un eminente pedestal, muy lisonjero para su amor propio. Hay una novela satírica inglesa del siglo pasado en la que un tal Gulliver, al regresar del país de los liliputienses, que apenas levantaban dos vershkí[3] del suelo, se había habituado hasta tal punto a tenerse por un gigante estando en compañía de esa gente que, cuando paseaba por las calles de Londres, no podía evitar gritar a los peatones y a los carruajes con los que se cruzaba, diciéndoles que tuvieran cuidado y se apartaran de él, no fuera a aplastarlos, pensando que todavía era un gigante, y los demás unos enanos. Por ese motivo se reían de él y lo insultaban, y los cocheros más soeces hasta fustigaban al gigantón con sus látigos. Pero ¿tenían razón al actuar así? ¿Qué no hará la costumbre? La costumbre estuvo cerca de llevar a Stepán Trofímovich a tales extremos, pero de un modo aún más inocente e inocuo, por así decir, por tratarse de un hombre exquisito.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker