Los demonios
Los demonios Del alboroto y los comentarios que hubo en la ciudad aquella noche no voy a decir nada. Varvara Petrovna se encerró en su residencia, y Nikolái Vsévolodovich, según me dijeron, se fue derecho a Skvoréshniki sin ver a su madre. Stepán Trofímovich me mandó esa noche a casa de cette chère amie para pedirle, en su nombre, permiso para ir a verla, pero no quisieron recibirme. Él estaba terriblemente afectado, y lloraba: «¡Qué matrimonio! ¡Qué matrimonio! ¡Qué horror para la familia!», repetía una y otra vez. No obstante, también se acordaba de Karmazínov, a quien insultaba de un modo atroz. Se estuvo preparando con energía para la lectura del día siguiente y —¡lo que es la naturaleza artística!— ensayaba delante del espejo, tratando de recordar todas las agudezas y juegos de palabras que había dicho toda su vida y que anotaba aparte en un cuaderno, para insertarlos en la lectura del día siguiente.
—Amigo mío —me dijo, evidentemente para justificarse—, lo hago por una gran idea. Cher ami, después de veinticinco años en el mismo sitio, de pronto me he movido y me he puesto en camino… ¿hacia dónde? No lo sé, pero me he puesto en camino…