Los demonios
Los demonios —¡Es el hombre más justo, más delicado, más angelical! ¡No hay un hombre más bueno!
—Por el amor de Dios, si en lo que respecta a su bondad… yo siempre he admitido, en ese sentido…
—¡Jamás! Pero dejemos esto. Yo no he sabido defenderlo. Esta misma mañana, la decana, que es una jesuita, también ha hecho algunas alusiones sarcásticas a lo de ayer.
—Ah, pues no está ahora como para andarse con alusiones a lo de ayer, bastante tiene con lo de hoy. Y ¿por qué le preocupa a usted tanto que no vaya al baile? Claro que no va a ir, después de verse envuelta en ese escándalo. Puede que no tenga la culpa de nada, pero, de todos modos, ahí está su reputación; se ha ensuciado las manos.
—¿Cómo es eso? No entiendo: ¿por qué se ha ensuciado las manos? —Yulia Mijáilovna lo miró perpleja.
—Vaya, yo no puedo afirmarlo, pero toda la ciudad es un clamor que repite que ha sido ella la que los ha juntado.
—¿Cómo? ¿A quiénes ha juntado?
—¿Ah, de verdad no lo sabe? —preguntó Piotr Stepánovich con un asombro magníficamente fingido—. Pues ¡a Stavroguin y Lizaveta Nikoláievna!
—¿Cómo? ¿Qué? —exclamamos todos.