Los demonios

Los demonios

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Nos quedamos de piedra. Como es natural, lo acribillamos a preguntas, pero, para nuestra sorpresa, aunque había sido testigo «accidental» de lo ocurrido, no pudo contárnoslo detalladamente. Debió de pasar algo así: cuando la decana llevaba en coche a Liza y a Mavriki Nikoláievich desde la «lectura» a casa de la madre de Liza (que sigue mal de las piernas), había un carruaje esperando en un lateral, no muy lejos de la entrada, como a unos veinticinco pasos. Liza se apeó de un salto en la misma entrada y corrió hacia ese otro carruaje; se abrió la portezuela y acto seguido se cerró. Liza le gritó a Mavriki Nikoláievich: «¡Perdóneme!», y el carruaje partió a toda velocidad para Skvoréshniki. A nuestras apremiantes preguntas de si lo tenían todo preparado y de quién había en aquel carruaje, Piotr Stepánovich contestó que él no sabía nada, que sin duda todo lo tenían preparado y que al propio Stavroguin no lo había visto en el carruaje; posiblemente, el que iba montado fuera el mayordomo, el viejo Alekséi Yegórych. Cuando le preguntamos qué hacía él allí y por qué estaba tan seguro de que Liza se dirigía a Skvoréshniki, Piotr Stepánovich contestó que casualmente pasaba por allí, y que al ver a Liza se había acercado corriendo al carruaje (y, a pesar de eso, ¡no había acertado a ver quién había dentro, con lo curioso que es él!), y que Mavriki Nikoláievich no solo no se había lanzado a perseguir a Liza, sino que ni siquiera había intentado detenerla; es más, incluso había retenido con su propia mano a la decana cuando ésta empezó a dar voces: «¡Se va con Stavroguin! ¡Se va con Stavroguin!». En ese momento se me agotó la paciencia y le grité con rabia a Piotr Stepánovich:


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