Los demonios
Los demonios Ciertamente, nuestro amigo había adquirido un montón de malos hábitos, sobre todo en los últimos tiempos. Se había abandonado de una manera evidente, y muy deprisa, y era verdad que tenía un aspecto desaliñado. Bebía más, se le saltaban las lágrimas con facilidad y tenía los nervios a flor de piel; se había vuelto excesivamente sensible y delicado. Su semblante había adquirido la rara capacidad de alterarse a una velocidad de vértigo, pasando, por ejemplo, de la expresión más solemne a la más ridícula y aun estúpida. No soportaba la soledad y necesitaba que lo estuvieran entreteniendo a todas horas. Exigía que le contaran a toda costa algún chisme, alguna anécdota de la ciudad, y que fuera nueva cada día. Si pasaba mucho tiempo sin que nadie fuera a visitarlo, deambulaba como alma en pena por las habitaciones, se acercaba a la ventana, mordiéndose los labios abstraído, suspirando profundamente, y acababa poco menos que gimoteando. Estaba lleno de presentimientos, de temores imprevistos e inevitables; se había vuelto muy asustadizo, y había empezado a prestar más atención a los sueños.