Los demonios
Los demonios Por fin pude ver claro cuál era el motivo principal de su pesar, tan peculiar, que en esta ocasión lo atenazaba con tanta insistencia. Muchas veces, a lo largo de la tarde, se acercó al espejo y se quedó un buen rato parado delante de él. Por fin, apartando la mirada del espejo, se volvía hacia mí y decía con un extraño desaliento: «Mon cher, je suis un hombre echado a perder». Sí, en efecto, hasta entonces, hasta ese mismo día, tan solo había una cosa en la que siempre había confiado, a pesar de todas esas «nuevas visiones» y de todos esos «cambios de ideas» de Varvara Petrovna, y era que él nunca había dejado de hechizar su corazón de mujer, y no solo como desterrado o como célebre erudito, sino también como hombre apuesto. Durante veinte años había arraigado en él aquella lisonjera y tranquilizadora convicción, y es muy posible que le costara más renunciar a aquella convicción que a ninguna otra. ¿Tenía acaso aquella tarde algún presentimiento de la colosal ordalía a la que se iba a enfrentar en un futuro muy próximo?
Me ocuparé ahora de la descripción de un incidente en parte olvidado, con el cual empieza propiamente mi crónica.