Los hermanos Karamazov

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Aliocha no se atrevía a mirar a Rakitine (el seminarista), con el que tenía cierta intimidad. Él era el único del monasterio que conocía sus pensamientos.

—Perdóneme —dijo Miusov al levantarse, dirigiéndose al starets— por participar, aunque sólo sea con mi presencia, en estas bromas indignas. Me he equivocado al creer que incluso un individuo de la índole de Fiodor Pavlovitch sabría comportarse como es debido en presencia de una persona tan respetable como usted... Nunca creí que tendría que excusarme por haber venido en su compañia.

Piotr Alejandrovitch no pudo continuar. En el colmo de la confusión, se dispuso a dirigirse a la puerta.

—No se inquiete, por favor —dijo el starets, levantándose sobre sus débiles piernas.

Cogió a Piotr Alejandrovitch de las manos y le obligó a sentarse de nuevo.

—Cálmese. Es usted mi huésped.

Piotr Alejandrovitch hizo una reverencia y volvió a sentarse.

—Eminente starets —exclamó de pronto Fiodor Pavlovitch—, le ruego que me diga si, en mi vehemencia, le he ofendido.

Y sus manos se aferraban a los brazos del sillón, como si estuviese dispuesto a saltar si la respuesta era afirmativa.


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