Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Gruchegnka salió de la sala. Mitia se mostraba sereno y reconfortado. Pero esto sólo duró un instante. Un extraño desfallecimiento se apoderó de él y fue acrecentándose progresivamente. Sus ojos se cerraban a pesar suyo. El interrogatorio de los testigos terminó al fin. Se procedió a la redacción definitiva del acta. Mitia se levantó y fue a tenderse en un rincón, sobre un cofre tapizado. Se durmió en seguida y tuvo un sueño extraño, totalmente ajeno a las circunstancias.
Viaja por la estepa, por una región que ya había cruzado cuando estaba de servicio. Un campesino lo conduce en una carreta a través de la llanura cubierta de lodo. Hace frío. Es un día de principios de noviembre. La nieve cae en gruesos copos que se funden rápidamente. El carretero fustiga a sus caballos. Luce una larga barbs roja. Es un hombre de unos cincuenta años y lleva un deslucido caftán gris. Se acercan a una aldes donde se ven isbas negras, muy negras. La mitad se han quemado. De ellas sólo quedan postes carbonizados que se mantienen aún erguidos. En la carretera, a la entrada del pueblo, se ven largas hileras de mujeres esqueléticas y de rostros curtidos. Entre ellas se destaca una, alta y escuálida.