Los hermanos Karamazov

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Algunas de las mujeres que se apiñaban en torno de él derramaban lágrimas de ternura y entusiasmo, otras se arrojaban sobre él para besarle aunque sólo fuera el borde del hábito; otras, en fin, se lamentaban. Él las bendecía a todas y charlaba con ellas. Conocía a la posesa, que vivía en una aldea situada a legua y media del monasterio. No era la primera vez que se la habían traído.

—He aquí una que viene de lejos —dijo el starets, señalando a úna mujer todavía joven, pero exhausta y muy delgada, y de rostro tan curtido que parecía negro.

Esta mujer estaba arrodillada y fijaba en el starets una mirada inmóvil. En sus ojos había un algo de extravío.

—Sí, padre; vengo de lejos. Vivo a cuatrocientas verstas de aquí. De lejos, padre, de muy lejos.

Dijo esto una y otra vez mientras balanceaba la cabeza de derecha a izquierda, con la cara apoyada en la palma de la mano. Hablaba como lamentándose.

En el pueblo hay un dolor silencioso y paciente, que se concentra en sí mismo y enmudece. Pero también hay un dolor ruidoso, que se traduce en lágrimas y lamentos, sobre todo en las mujeres.


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