Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov El doctor se dirigió a la puerta de la isba, bien envuelto en su abrigo y con el gorro encasquetado. En su semblante se reflejaba una contrariedad que estaba muy cerca de la indignación. Se dirÃa que temÃa mancharse.
Paseó una mirada por el vestÃbulo y la detuvo un momento, severamente, sobre Kolia y Aliocha. Éste hizo una seña al cochero, que acercó el coche a la puerta.
El capitán salió, presuroso, detrás del médico y, doblando la espalda, murmurando excusas, lo detuvo para hacerle las últimas preguntas. El infeliz estaba profundamente abatido; en su mirada se leÃa la desesperación.
—¿Es posible, excelencia, es posible?
No pudo continuar. HabÃa enlazado las manos con un gesto de imploración y fijaba en el médico una mirada de súplica, como si una palabra de éste bastase para cambiar la suerte de su pobre hijo.
—Yo no puedo hacer nada —repuso el doctor, indiferente y con su habitual gravedad—. Yo no soy Dios.
—Doctor..., excelencia..., ¿será muy pronto?
—Esté preparado para todo —respondió el doctor, recalcando las palabras.
Después bajó los ojos y se dispuso a franquear el umbral para subir al coche. El capitán, aterrado, volvió a detenerlo.
