Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Eso mismo pensé yo en seguida. Mitia miente descaradamente. Y se muestra celoso para poder acusarme cuando llegue el momento. Pero es demasiado imbécil, y también demasiado franco, para saber disimular... ¡Me las pagará!..
«¡Crees que yo soy el asesino!» Hasta esto se atreve a reprocharme. ¡Que Dios lo perdone! Esa Katia se las verá conmigo ante los jueces. ¡Lo contaré todo! ¡No me callaré nada!
Se echó a llorar.
—Lo que te puedo asegurar, Gruchegnka —dijo Aliocha levantándose—, es que Mitia te ama más que a nada en el mundo. Y te ama sólo a ti. Puedes creerme; estoy completamente seguro. Y ahora te advierto que no trataré de arrancarle su secreto, y, si él me lo revela, le diré que te he prometido ponerte al corriente a ti.
En este caso, volveré hoy mismo para informarte. Me parece que Catalina Ivanovna no tiene ninguna relación con este asunto; el secreto debe de referirse a otra cosa. Ya veremos. Adiós.
Aliocha le estrechó la mano. Gruchegnka seguÃa llorando. Aliocha advirtió que su amiga no creÃa en sus palabras de consuelo, pero lo cierto era que habÃa conseguido aliviarla con su efusiva sinceridad. Le daba pena dejarla en aquel estado, pero se le hacÃa tarde: tenÃa aún muchas cosas que hacer.