Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Como usted ve —dijo la dama—, el corresponsal se refiere a mÃ. En efecto, poco antes del crimen le aconsejé que se fuera a las minas de oro. ¿Pero quiere esto decir que le ofreciera mis «encantos cuadragenarios», como afirma ese informador? ¡Que el Juez Soberano le perdone esta calumnia como se la perdono yo! ¿Pero sabe usted de dónde ha salido todo esto? De su amigo Rakitine.
—Es posible —convino Aliocha—. Pero yo no he oÃdo decir nada sobre ello.
—No me cabe duda de que todo ha sido cosa suya. Por algo le eché de mi casa.
¿Está usted enterado de esto?
—Sé que usted rogó que dejara de visitarla, pero los motivos exactos los ignoro. Por lo menos, no los sé por usted.
—Entonces, lo sabe por él. Por lo visto, va hablando mal de mÃ.
—En efecto; pero hay que tener en cuenta que él habla mal de todo el mundo.
Rakitine no me ha dicho por qué lo echó usted de casa. Hablo con él raras veces.
No somos amigos.
—Bien. Se lo voy a contar todo. Hay un punto sobre el que estoy arrepentida, porque me siento culpable. ¡Claro que es un detalle insignificante!