Los hermanos Karamazov

Los hermanos Karamazov

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—No puedo dejarla en ese estado —dijo Aliocha, inquieto.

—Vaya a ver a su hermano. Se le hace tarde; no lo van a dejar entrar. Aquí tiene su sombrero. ¡Váyase, váyase! Dé un beso a Mitia de mi parte.

Empujó a Aliocha hacia la puerta. Él la miraba, apenado y perplejo. En esto notó que Lise ponía en su mano un papel doblado. Vio que era un sobre cerrado y leyó este nombre en él: «Iván Fiodorovitch Karamazov.» Luego dirigió una rápida mirada a Lise. Y vio que en su semblante había una sombra de amenaza.

—¡No deje de entregárselo! —exclamó con una exaltación que la hacía temblar—. ¡Lo ha de recibir hoy mismo, en seguida! ¡Si no lo recibe, me envenenaré! Por eso lo he hecho venir.

Y le echó la puerta a la cara. Aliocha se guardó la carta en el bolsillo y se dirigió a la salida, sin despedirse de la señora de Khokhlákov, de la que ni siquiera se acordaba.

Cuando Aliocha hubo desaparecido, Lise entreabrió la puerta, puso un dedo en la abertura y volvió a cerrar con todas sus fuerzas. Luego retiró la mano, y, lentamente, fue a sentarse en su sillón. Se miró el dedo ennegrecido y manchado de la sangre que salía de debajo de la uña. Los labios le temblaban. Se dijo a sí misma una y otra vez:

—Vil, vil, vil...


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