Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Aquel inesperado visitante parecÃa más cortés que bondadoso, un hombre presto a ser amable si asà lo exigÃan las circunstancias. No llevaba reloj, pero si unos lentes de concha sujetos con una cinto negra. El dedo cordial de su mano derecha ostentaba una sortija de oro macizo con un ópalo barato. Iván Fiodorovitch callaba, evidentemente dispuesto a no abrir conversación. El visitante esperaba, como el parásito que llega a la hora del té a una casa para hacer compañÃa a su dueño y encuentra a éste pensativo y preocupado. El parásito está dispuesto a entablar una amable charla, pero siempre que sea el dueño de la casa el que la inicie. De pronto, su semblante se ensombreció.
—Óyeme —dijo—. Perdona, pero quiero recordarte que has ido a casa de Smerdiakov para informarte de la visita de Catalina Ivanovna y lo has marchado sin averiguar nada. Seguramente te has olvidado.
—¡Ah, sÃ! —exclamó Iván, preocupado—. Lo olvidé... Pero no importa: lo dejaré todo para mañana.
De pronto, se encaró con el visitante y le dijo, irritado:
—A propósito: hace un momento me ha inquietado esa idea. Ahora que te veo, comprendo que me la has sugerido tú.