Los hermanos Karamazov

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Y desde este instante permaneció rígido en su asiento, con las mandíbulas apretadas y los brazos cruzados.

Catalina Ivanovna se quedó en la sala de la audiencia. Estaba pálida y su mirada se fijaba en el suelo. Los que se hallaban a su alrededor contaron más tarde que temblaba como si tuviera fiebre. Le tocó el turno a Gruchegnka.

Ya explicaré por qué tenía razón Mitia al decir que estaba perdido. No me cabe duda —y todos los juristas acabaron por estar de acuerdo conmigo— que, de no haberse producido los incidentes que acabamos de referir, el culpable habría obtenido el beneficio de ciertas circunstancias atenuantes. Pero dejemos esto para más adelante; ahora hemos de hablar de Gruchegnka.








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