Los hermanos Karamazov

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—La culpa fue mía. Me burlaba del viejo y de su hijo; les hice perder la cabeza a los dos. Yo he sido la causante de todo.

Cuando se le habló de Samsonov, replicó violentamente:

—¡Eso no le importa a nadie! Ese hombre fue mi bienhechor. Él me recogió cuando los míos me echaron de casa y me encontré en la miseria.

El presidente le recordó que debía limitarse a responder a las preguntas que se le hicieran, sin entrar en detalles superfluos. Gruchegnka enrojeció y sus ojos relampaguearon. Luego declaró que no había visto el sobre de los tres mil rublos y que sólo sabía de él lo que le había dicho aquel «malvado».

—¡Pero eso es una estupidez! ¡Ni por todo el oro del mundo habría ido a casa de Fiodor Pavlovitch!

—¿A quién se refiere usted al decir «aquel malvado»? —preguntó el fiscal.

—A Smerdiakov, ese lacayo que mató a su dueño y se ahorcó ayer.

Naturalmente, se apresuraron a preguntarle en qué se fundaba para formular una acusación tan categórica, pero resultó que tampoco ella sabía nada en concreto.

—Me lo dijo Dmitri Fiodorovitch —repuso—, y pueden ustedes creerle. Esa mujer lo perdió —añadió temblando de odio—. Ella es la culpable de todo.


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