Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Es lo que yo creÃa —exclamó Smurov.
—¿De modo que es una vÃctima inocente que se sacrifica por la verdad? —
exclamó Kolia—. ¡Qué sacrificio tan bello! ¡Lo envidio!
—¿De veras? —exclamó Aliocha, sorprendido.
—SÃ. ¡Oh, si yo pudiera sacrificarme por la verdad! —dijo Kolia, exaltado.
—Pero no en un asunto como éste, no en circunstancias tan horribles, tan denigrantes...
—Pues si; yo quisiera morir por la humanidad. La vergüenza pública no me afectarÃa. Perecen sólo nuestros nombres. Tu hermano me inspira respeto.
—¡Y a mÃ! —exclamó el muchacho que dÃas atrás habÃa dicho que sabÃa quiénes eran los fundadores de Troya. Y, lo mismo que entonces, se puso en seguida tan colorado como una amapola.
Aliocha entró en la casa. Iliucha estaba en un féretro azul orlado de una cinta blanca de encaje. TenÃa las manos enlazadas y los ojos cerrados. Las facciones de su enjuto rostro apenas habÃan cambiado y, cosa extraña, el cadáver casi no olÃa.