Los hermanos Karamazov

Los hermanos Karamazov

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Mira qué sol tan hermoso, qué cielo tan puro. Por todaspartes frondas verdes.

Todavía estamos en verano, no cabe duda. Son las cuatro de la tarde. Reina la calma. ¿Adónde ibas?

—A casa de nuestro padre. Y, de paso, quería ver a Catalina Ivanovna.

—¡A ver al viejo y a ver a Catalina Ivanovna! ¡Qué coincidencia! ¿Sabes para qué te he llamado? ¿Sabes por qué deseaba verte con toda la vehemencia de mi corazón y todas las fibras de mi ser? Precisamente para mandarte a casa del viejo y a casa de Catalina Ivanovna, a fin de terminar con uno y con otra. ¡Poder enviar a un ángel! Podría haber mandado a cualquiera, pero necesitaba un ángel. Y he aquí que tú ibas a ir por tu propia voluntad.

—¿De veras querias enviarme? —preguntó Aliocha con un gesto de dolor.

—Ya veo que lo sabías, que lo has comprendido todo. Pero calla: no me compadezcas, no llores.

Dmitri se levantó con semblante pensativo.

—Seguro que ella te ha llamado, que te ha escrito. De lo contrario, tú no habrías pensado en ir.

—Aquí tienes su carta —dijo Aliocha sacándola del bolsillo. y Dmitri la leyó rápidamente.


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