Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov En este momento, Smerdiakov, que estaba cerca de la puerta, sonrió. Ya hacia tiempo que se le admitÃa en el comedor en el momento de los postres, y, desde la llegada de Iván Fiodorovitch, no faltaba casi ningún dÃa.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Fiodor Pavlovitch, comprendiendo que su sonrisa iba dirigida a Grigori.
Y Smerdiakov dijo de pronto, levantando la voz:
—Estoy pensando en ese valiente soldado. Su heroÃsmo es sublime, pero, a mi modo de ver, no habrÃa cometido ningún pecado si, en un caso como éste, hubiese renegado del nombre de Cristo y del bautismo, para salvar la vida y poder dedicarse a hacer buenas obras, que le redimirÃan de su momentánea debilidad.
—¿De modo que crees que eso no serÃa pecado? —replicó Fiodor Pavlovitch—.
Irás al infierno y te asarán como a un cordero.
En ese momento apareció Aliocha, lo que, como se ha visto, produjo gran satisfacción a Fiodor Paviovitch.
—Estamos hablando de tu tema favorito —dijo el padre tras una alegre risita. E
hizo sentar a Aliocha.
—Eso son tonterÃas —replicó Smerdiakov—. No tendré ningún castigo. No puedo tenerlo, porque serÃa injusto.
—¿Cómo injusto? —exclamó Fiodor Pavlovitch con redoblado regocijo y tocando a Aliocha con la rodilla.