Los hermanos Karamazov

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El viejo se puso en pie, aterrado. Desde que había empezado a hablar de la madre de Aliocha, el rostro del joven se había ido alterando progresivamente.

Aliocha enrojeció, sus ojos centellearon y sus labios empezaron a temblar. El viejo no se dio cuenta de nada hasta el momento en que Aliocha sufrió un ataque que reproducía punto por punto el que él acababa de describir. De súbito, terminado el relato, se levantó exactamente como su madre, se cubrió el rostro con las manos y se dejó caer en su asiento, sacudido de pies a cabeza por una crisis histérica acompañada de lágrimas silenciosas.

—¡Pronto, Iván, trae agua! ¡Es lo mismo que su madre! Trae agua y le rociaremos la cara, que era lo que hacía yo con su madre.

Y añadió en voz baja:

—Lo ha heredado de ella, lo ha heredado de ella.

Iván le respondió, con una mueca de desprecio:

—Su madre fue también la mía, ¿no?

Su fulgurante mirada sacudió al viejo, que, aunque parezca extraño, se había olvidado en aquellos momentos de que la madre de Aliocha había sido también la de Iván.

—¿También tu madre? —murmuró Fiodor Pavlovitch sin comprender—. ¿Qué dices?... ¡Diablo, pues es verdad! Su madre fue también la tuya... ¿Dónde tenía la cabeza?... Perdóname, Iván, pero... ¡Je, je!


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