Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —¡Yo solo contra seis! —exclamó con ojos centelleantes—. ¡Les zumbaré a todos!
—Has recibido una pedrada que debe de haberte hecho daño —dijo Aliocha.
—También yo le he acertado a Smurov en la cabeza —replicó el chiquillo.
—Me han dicho que tú me conoces y que la pedrada que me has dado la has dirigido adrede contra mi.
El niño le miraba con expresión huraña.
—Yo no lo conozco —siguió diciendo Aliocha—. ¿Me conoces tú acaso?
—¡Déjame en paz! —exclamó de pronto el niño, con voz áspera y mirada hostil.
Pero no se movÃa del sitio. ParecÃa esperar algo.
—Bien. Ya me voy —dijo Aliocha—. Pero conste que no lo conozco y que no lo quiero molestar, aunque me serÃa fácil, porque tus compañeros me han explicado cómo lo podrÃa hacer.
—¡Vete al diablo con tus sotanas! —gritó el niño, siguiendo a Aliocha con su mirada provocativa y llena de odio.
Acto seguido se puso a la defensiva, creyendo que el novicio se iba a arrojar sobre él. Pero Aliocha se volvió, lo miró y siguió su camino. Aún no habÃa dado tres pasos cuando recibió en la espalda la piedra más grande que el niño habÃa encontrado en el bolsillo de su gabán.