Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Aceptamos Roma y la espada de César, y nos proclamamos reyes únicos de la tierra, aunque hasta ahora no hayamos tenido tiempo de acabar nuestra obra. ¿Pero de quién es la culpa? La empresa está aún en su principio, su fin está todavía muy lejos, y la tierra tiene ante sí aún muchos padecimientos; pero alcanzaremos nuestro fin, seremos Césares, y entonces podremos pensar en la felicidad del mundo. Tú habrías podido empuñar la espada de César. ¿Por qué rechazaste este último don? Si hubieras seguido este tercer consejo del poderoso Espíritu, habrías dado a los hombres todo lo que buscan sobre la tierra: un dueño ante el que inclinarse, un guardián de su conciencia y el medio de unirse al fin cordialmente en un hormiguero común, pues la necesidad de la unión universal es el tercero y último tormento de la raza humana. La humanidad ha tendido siempre a organizarse sobre una base universal. En la historia ha habido grandes pueblos que, a medida que han ido progresando, han sufrido más y han experimentado más profundamente que los otros la necesidad de la unión universal. Los grandes conquistadores, como Tamerlán y Gengis—Kan, que recorrieron la tierra como un huracán, encarnaban también, sin darse cuenta de ello, la aspiración unitaria de los pueblos. Si hubieses aceptado la púrpura de César, habrías fundado el imperio universal y dado la paz al mundo. ¿Pues quién mejor para someter al hombre que aquel que domina su conciencia y dispone de su pan? Nosotros hemos empuñado la espada de César y, al empuñarla, te hemos abandonado para unirnos a él. Aún transcurrirán algunos siglos de licencia intelectual, de vanos esfuerzos científicos y de antropofagia, pues en esto caerán los hombres cuando hayan terminado su torre de Babel sin contar con nosotros. Entonces la bestia se acercará, arrastrándose, a nuestros pies, los lamerá y los empapará de lágrimas de sangre. Y