Los hermanos Karamazov

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Pero los partidarios del starets formaban una mayoria abrumadora; éstos sentían gran cariño por él y algunos le profesaban una adoración fanática. Sus adictos decían en voz baja que era un santo, preveían su próximo fin y esperaban que pronto haría grandes milagos que cubrirían de gloria al monasterio. Alexei creía ciegamente en el poder milagroso de su starets, del mismo modo que daba crédito a la leyenda del ataúd lanzado al exterior de la iglesia. Era frecuente que se presentaran a Zósimo hijos o padres enfermos para que les aplicara la mano o dijese una oración por ellos. Aliocha veía a muchos de los portadores volver muy pronto, a veces al mismo día siguiente, para arrodillarse ante el starets y darle las gracias por haber curado a sus enfermos. ¿Existía la curación o se trataba tan sólo de una mejoría natural? Aliocha ni siquiera se hacía esta pregunta: creía ciegamente en la potencia espiritual de su maestro y consideraba la gloria de éste como un triunfo propio. Su corazón latía con violencia y su rostro se iluminaba cuando el starets salía a la puerta del convento para recibir a la multitud de peregrinos que le esperaba, compuesta principalmente por gentes sencillas que llegaban de todos los lugares de Rusia para verle y recibir su bendición. Se arrodillaban ante él, lloraban, besaban sus pies y el suelo que pisaba y, entre tanto, no cesaban de proferir gritos. El starets les hablaba, recitaba una corta oración, les daba la bendición y los despedía.


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