Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Allí estaba el ataúd, la ventana abierta. Seguía la lectura lenta, grave, ritmica, del Evangelio. Se había dormido de rodillas y —cosa inaudita— se había despertado de pie. De pronto, como si le empujaran, se acercó al ataúd en tres rápidos pasos. Incluso dio un golpe con el hombro al padre Paisius sin advertirlo.
El monje levantó la cabeza, pero en seguida volvió a la lectura. Había observado que el estado de Aliocha no era normal. El joven estuvo un momento con la vista fija en el ataúd, en el cadáver tendido en su interior, en el rostro cubierto, en el icono que el difunto tenía sobre el pecho, en la capucha rematada por la cruz de ocho brazos. Acababa de oír su voz: todavía resonaba en sus oídos. Prestó atención, esperó... De pronto dio media vuelta y salió de la celda.