Los hermanos Karamazov

Los hermanos Karamazov

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—Tú eres un bribón... Quieres... engañarme.

—¡Está usted equivocado! —gritó Mitia retorciéndose las manos.

El campesino seguía acariciándose la barba. De pronto hizo un guiño y dijo con sorna:

—Cítame una ley que... permita cometer villanías... Eres un bribón..., un redomado granuja.

Mitia retrocedió con la tristeza reflejada en el rostro. Tuvo la sensación de que había recibido an golpe en la frente, como él mismo dijo más tarde.

De súbito, todo lo vio con claridad. Inmóvil, aturdido, se preguntó cómo un hombre sensato como él había podido creer tantas sinrazones, lanzarse a una aventura tan disparatada, cuidar con tanto afán a Liangavi, ponerle compresas en la frente...

«Este patán está borracho y así estará toda la semana. ¿Para qué he de quedarme esperando? ¿Se habrá burlado de mí Samsonov? Y, a lo mejor, ella...

Dios mío, ¿qué he hecho?»

El palurdo le miraba riéndose interiormente. En otras circunstancias, Mitia, incapaz de contener su furor, habría vapuleado a aquel imbécil; pero en aquellos momentos se sentía débil como un niño. Sin pronunciar palabra, cogió su abrigo del banco, se lo puso y pasó a la habitación inmediata. En ella no había nadie.


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