Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —No lo sé, querido Dmitri Fiodorovitch; no lo sé en absoluto. Aunque me matara usted, no podrÃa decÃrselo, porque no lo sé. Usted salió con ella de aquÃ...
—Pero ha vuelto.
—No, no ha vuelto: se lo juro por todos los santos.
—¡Mientes! —rugió Mitia—. Me basta verte temblar, para saber dónde está.
Y echó a correr. Fenia, que aún temblaba de espanto, se felicitó de haber salido tan bien librada, pues comprendÃa que la cosa habrÃa sido mucho peor para ella si Mitia hubiera dispuesto de tiempo.
Cuando Dmitri se marchó, hizo algo que asombró a las dos mujeres. En la mesa habÃa un mortero con su mano de cobre. Mitia, cuando ya habÃa abierto la puerta, cogió la mano y se la guardó en el bolsillo.
Fenia gimió:
—¡Dios mÃo! Ese hombre va a matar a alguien.
CAPITULO IV