Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov »Tú eres Safo y yo Faon, desde luego,
pero, y a fe que me pesa,
del mar ignoras el camino.
»Entonces se sintieron aún más ofendidos y empezaron a decirme estupideces.
Lo peor fue que yo, queriendo arreglar las cosas, les conté que Piron, que no había conseguido que lo nombraran miembro de la Academia, hizo grabar en la losa de su tumba, para vengarse, este epitafio:
»Aquí yace Piron, que no fue nada,
ni siquiera académico.
»Entonces fue cuando me azotaron.
—¿Pero por qué?
—Por lo mucho que sé. Hay numerosos motivos para azotar a un hombre —
terminó Maximov, sentencioso.
—Basta de tonterías —dijo Gruchegnka—. Estoy ya harta. ¡Y yo que creía que iba a divertirme!
Mitia, asustado, dejó de reír. El pan de las piernas largas se levantó y empezó a ir y venir por la habitación, con la arrogancia del hombre que se aburre con una compañía que no es de su agrado.