Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Entonces empezó una fiesta desenfrenada, que rayaba en la orgia. Gruchegnka fue la primera en pedir bebida.
—Quiero embriagarme como la otra vez. ¿Te acuerdas, Mitia? Fue cuando nos conocimos.
Mitia era presa de una especie de delirio. PresentÃa su felicidad. Gruchegnka lo enviaba a la habitación vecina a cada momento.
—Ve a divertirte. Diles que bailen y que se diviertan ellas también. Como la otra vez.
Estaba excitadÃsima. En la habitación de al lado se oÃa el coro. La pieza donde estaban era exigua, y una cortina de indiana la dividÃa en dos. Tras la cortina habÃa una cama con un edredón y una montaña de almohadas. Todas las habitaciones importantes de la casa tenÃan un lecho. Gruchegnka se instaló junto a la puerta.
Desde allà estuvo viendo bailar y cantar al coro en la primera fiesta. Ahora estaban allà las mismas muchachas; los judÃos habÃan llegado con sus violines y sus citaras, y también el carricoche de las provisiones. Mitia iba y venÃa entre la concurrencia.
