Memorias de la casa muerta
Memorias de la casa muerta Pero el tiempo pasaba y yo, poco a poco, me iba acostumbrando a aquella vida. Cada día me turbaban menos las manifestaciones cotidianas de mi nueva vida. Los acontecimientos, el ambiente, la gente, todo se iba haciendo familiar a mis ojos. Resignarse a aquella vida era imposible, pero ya era hora de aceptarla como un hecho consumado. Enterré en lo más profundo todos los malentendidos que aún me quedaban. Ya no erraba por el presidio como alguien perdido ni dejaba traslucir mi angustia. Las miradas feroces de curiosidad de los presidiarios ya no se fijaban en mí con tanta frecuencia ni me seguían con tan descarada insolencia. Era evidente que ellos también se fueron acostumbrando a verme, de lo que me alegraba mucho. Andaba ya por el penal como por mi casa, sabía mi puesto en el camastro e incluso me había acostumbrado ya a cosas a las que pensé que no podría acostumbrarme en toda mi vida. Iba regularmente cada semana a que me afeitasen media cabeza. Cada sábado, en el tiempo de descanso nos llamaban por turno para eso, y nos llevaban desde el penal al cuerpo de guardia (el que no se afeitara tenía que responder de ello), y allí los barberos del batallón nos enjabonaban la cabeza con agua fría y nos rapaban sin piedad con sus desafiladas navajas; todavía hoy se me pone la carne de gallina al recordar aquel tormento. Por lo demás, pronto se halló un remedio: Akim Akímich me indicó un preso, de la categoría militar, que por un kopek afeitaba con una navaja suya a quien quisiera y así se ganaba un dinero. Muchos presidiarios acudían a él para escapar de los barberos del penal, y eso que no eran delicados. A nuestro preso barbero le llamaban «el Mayor», no sé por qué y tampoco puedo decir en qué podría parecerse al mayor. Ahora, al escribir esto, evoco la figura del tal Mayor, un tipo alto, enjuto y callado, muy simplón, absorto siempre en su labor y continuamente con el asentador en la mano, en el que día y noche afilaba su desgastadísima navaja y, al parecer, se consagraba a esa tarea tomándola, por lo visto, como la misión de toda su vida. En efecto, se mostraba sumamente satisfecho cuando su navaja era buena y cuando alguno iba a afeitarse: jabonaba con agua tibia, tenía la mano ligera y afeitaba con suavidad. Parecía complacerse y enorgullecerse de su arte y aceptaba con desdén el kopek ganado, como si trabajara por amor al arte y no por el dinero. A…v lo pasó mal con nuestro mayor cuando, al informarle sobre el penal, mencionó en una ocasión el nombre de nuestro preso barbero e imprudentemente le llamó «el Mayor». El mayor de la plaza, sumamente ofendido, montó en cólera: «¿Sabes tú, canalla, qué es un mayor? —gritó echando espuma por la boca y corrigiendo a su manera a A…v—. ¿Comprendes qué es un mayor? ¿Cómo te atreves a llamar “mayor” a un canalla preso, delante de mí, en mi presencia?». Sólo A…v podía entenderse con semejante persona.